A hole in my heart

Un agujero en mi corazón. Qué hortera suena en castellano, joder. Recuerdo cuando Lukas Moodysoon nos advirtió a los que estábamos comiendo palomitas de que sería conveniente dejarlas antes de la proyección de esta película. Llevaba su gorra y la camiseta de cuadros de siempre. Siempre es toda la semana que duró el festival. Lo sé porque le vi el primer día, cuando contó que le habían perdido la maleta. Con el mismo atuendo y agarrado a ella, se marchó volando a Suecia desde el aeropuerto de Ranón. Como se marcharon corriendo tantas personas de aquella proyección de la que sólo quedamos diez personas mirándonos consternadas las unas a otras al terminar, mientras se escuchaba "unta, unta, unta". El eco de Lukas diciendo "¿Alguna pregunta?". Un padre director de cine porno con un hijo autista. La fiesta. Muchos agujeros por llenar. El más grande de todos, ni siquiera tiene forma. Y es el que más duele. El mío se quedó en Suecia. En Asturias. En tantos otros lugares de donde siempre ha vuelto a nacer. La vida da muchas vueltas y no tiene otra explicación que aquella que escojamos darle. Como la película. En palabras del director "Os he preparado una comida deliciosa, pero no esperéis que la mastique por vosotros". Confieso que, aunque creo que ya no podría, yo seguí masticando mis palomitas.

Dios te salve Regina

Resultado de imagen de regina spektorEl día me deprime y la noche me consuela. Los buenos textos se escriben de noche. El humo de los cigarrillos hace brotar el inconsciente y da rienda suelta a las palabras que el sol ensombrece en la mañana. Si pudiera escribir con luz del sol lo haría sobre el inventario de la oficina. Si pudiera sacrificar mi hambre, haría estadísticas para alguna consultora de quinoa y pagaría las facturas so condena de mi verbo. Si pudiera continuar rezándole al condicional, trazaría el guión de mi vida con una plantilla germana. Si pudiera seguir pudiendo lo que no puedo, me pudriría en un poder sin plomo, falto de escarmiento. Pero he coqueteado demasiado en las fronteras como para impregnar pueblos a estas alturas, y el chucrut tampoco está tan bueno. Escuchen esta maravilla That Time.

Regina Spektor es la voz más bella de nuestra generación y el plural le pertenece. Y ahora ésta: Rejazz. En sus muchos registros podemos rastrear la historia de la música de las dos últimas décadas y un par de siglos anteriores. Regina es Nina Simone cantando ópera junto a The Clash. Si Kerouac fuera mujer, sería ella. El día en que las Violent Femmes conocieron a Miles Davis, Bakunin pronunció un grito de jazz, Leonard Cohen se fue de copas con Sid Vicius y escribieron un R&B que después olvidaron. Regina lo ha desenterrado. Tal vez el espíritu de Amy Winehouse va cambiando de cuerpo en cuerpo. Tal vez el liberalismo le vino bien a Europa y el abrazo no siempre viene de donde lo creemos. Tal vez es que me he enamorado, y mañana voy a madrugar. Tal vez llevo demasiados quizás en la mochila y a lo mejor, mañana, me acuerdo de algo durante el día. El olvido viene plagado de recuerdos. Dios te salve Regina, déjanos ser tu contrabajo.













Pulsión anisóptera

Una alcantarilla se traga los restos de la última hoja del Cercis siliquastrum de Wentworth Street. Desaparece en las cloacas, con todos los odonatos ocultos de Inglaterra. Mi par de castañuelas con tacones quiebran esta quietud inquietante y chapotean, cantando, hasta el roñoso pórtico de madera del número 17. Chin chin, cha chan, chan... Why dooo birdss ssuddenly appeear… chin, chin... eeverytime you are neear... cha chan, chan... Comienza el concierto de crujidos de la injustamente reconocida pensión londinense, Home for the Unknown. La cacharrería del cerrojo precede a los maullidos de la puerta. Una sinfonía de silbidos y tímidos pasos rodean a los escalones, que protestan, perezosos, por tan temprano despertar. Can we at least get some tea here? El contorsionista del pomo cilíndrico del dormitorio cumple con su oronda misión. I'm more like a coffee kind of guy. En medio de la orquesta de graznidos, oscitaciones, rezumamientos, bostezos, kettles, vapores de ensoñación y estimulantes varios... ¡Bang! Se desploman con estruendo sobre el suelo, al unísono, llaves, bolso, abrigo, zapatos, y mi aliento. Everyone shut up!



Contemplo mi rostro en el espejo e intento desenfundarme las capas de olvido y desenfreno que alimentan mi peculiar jornada laboral. No hay maquillaje que ilumine mi noche. Se me mezclan siluetas, reflejos y pantallas bizcas parpadeando. Los habitantes de Libellula nacemos con un entrenador personal para la muerte, una suerte de couch para el dolor. Yo me enamoré del mío. Hoy le voy a matar. Contemplo mi mirada en el fulgor del cristal de nuestro entierro. Humedezco el bastoncillo de algodón en mi desmaquillante para ojos sensibles. El dedo índice de mi mano izquierda estira la piel de mi párpado inferior derecho. La pinza de los dedos de la oposición se acerca lentamente a mi línea de agua. Punzadas en el lagrimal invocan al néctar de tus labios. Game over mi amor. Me has conocido en un momento extraño de mi vida. Ojalá nos encontremos de otro modo. Deslizo el bastoncillo por debajo de la córnea. Noto su forma atravesando mi mejilla. Lo clavo e introduzco en la ranura de la primera puerta de Anisóptera. El dolor se expande en mi cara. El marco de la puerta enfurece. Un torbellino de luz blanca sacude mis carrillos. Me arrastro como puedo. El suelo se llena de rostros que me miran. Sus sonrisas se me clavan en la mandíbula. Cientos de niñas se han paralizado. Absorbo su ternura y consigo fuerza suficiente para traspasar la montaña que me da la bienvenida a Zigóptera. En la pausa de la reconciliación, aún se puede respirar. Inspiras en mi oído y yo deseo que no terminaras nunca. Me agarras por detrás con un cuchillo en cada mano. Mientras me abrazas, trazas con su canto mi cuello y todo el contorno de mi rostro ovalado. En mi frente inviertes las cuchillas con la pasión de un torbellino. Su filo es lo único que hace enmudecer a mi ácida piel. Grito con todo mi viento. Aprietas mis esferas y el frío desgarra mis cimientos. Tus manos bajan escalonadas, en un compás de 12/8, haciendo pequeñas incisiones. Con cada hendidura, se acelera mi turbina. Seccionas mis labios en un perfecto corte mirepoix para ensaladilla rusa. Aparto mis manos de tus nalgas, paso tus lumbares, me encaramo a tus omóplatos, separo mis pechos, invoco al cielo en que no creo y, de un golpe seco, mientras te noto entre mis piernas, me agacho y empujo el reactor de cuchillos hacia tu cuello. Se te queda clavado en la garganta. Pareces una minipimer. No te mueres. Whip me baby! Whip me hard! Me introduzco en la herida de tu yugular. Los ríos de sangre me dan la potencia necesaria para resbalar por tu garganta. Resisto al torrente que quiere echarme de nuevo hacia afuera. ¡Soy lo único que tienes y lo sabes! Eso me mantendrá firme el tiempo suficiente. Tengo que encontrar el botón que te desactiva. Viajo por tu tubo digestivo hacia el comienzo. Amnesia y delirio. Las niñas. ¡Ya no quiero tener hijos contigo! Me topo con unas cuantas úlceras y lesiones histológicas tipo Marsh 3. Mi canoa se llena de tentáculos, lenguas, serpientes y todo tipo de seres reptantes. Entre el asombro y la desesperación, hago lazos con todos ellos hasta conformar el paquete de cumpleaños más sórdido del universo. A modo de ofrenda y petición de salida, le entrego el presente a las bacterias de tu colon. Como las desgracias eran pocas, el Clostridium Difficile no me permite salir sin más. Negociamos durante varias noches, la rendición de tu esfínter interno, a cambio de mi identidad. Todos los comerciantes, juristas y hombres de negocios de aquella sala de reuniones, tenían mi exacta fachada. Cuando mi cordura está a punto de caramelo, esperando a enfriarse en el mármol de la cocina, me sueltan de golpe. Propulsada con violencia, por décadas de ilusiones, desengaños, comprensión y, finalmente, aceptación, creí que, al menos, tendría un final holgado y me permitirían salir por tu ano. Pero una vez allí, me topo con otra maldita puerta. ¿Cuál es la llave que desactiva el rencor? Los ruidos de tu estomago no mienten. Epojé. La propia pregunta te da la respuesta. Te derrites encima mío. ¡Quiero fundirme contigo, ser la lava que arde dentro de ti! Una explosión. Dos. No me muero. Tic. Una lágrima se va por el desagüe. Cantas muy bajito: chin chin, cha chan, chan... Just like meee, they loong to bee, close to youu... chin chin, cha chan, chan... Te sigo hasta que desapareces por la tubería. Desde allí me dedicas un último guiño. Miro otra vez. Nada. Ya no estás mi amor. Reviso la suciedad en el bastoncillo de algodón. Ni rastro. Lo tiro a la papelera. Lo entierro entre papeles usados, compresas y botes de gel vacíos. Me ha salido un tick nervioso en el ojo derecho. Cuando esto sucede, mi suelo pélvico se contrae involuntariamente y recibo una punzada de dolor en el estómago. He ganado esta batalla, pero no podré volver a mirarme en el espejo sin que todo se llene de libélulas y la historia silbe de nuevo.

Ilustra: Eloisa Alquati






2001 Una mamada en el espacio


Vuelvo a casa con nocturnidad y sin alevosía. No hay nada peor que el aburrimiento. Para compensar una cita de lo más anodina, me pongo Love de Gaspar Noé.
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Os juro que he visto amebas más interesantes que el ungüento de persona con el que yo he cenado esta noche. Me pregunto si yo al menos soy barro. Cada suspiro de Murphy me recuerda que aún estoy viva. Me distraigo un segundo pensando en cualquier cosa. Cualquier cosa. Todos los pensamientos obsesivos responden exactamente al mismo patrón. Joderte la vida antes de que lo hagan otros. Dispersión. Es lo que tiene utilizar siempre la primero persona. Yo también tengo un ego enorme, ¿saben? Sino no estaría aquí escribiéndole a un plural desconocido. Hola plural. Te quiero. Cuando vuelvo la mirada, en el minuto 94 de Love, Elektra está haciéndole una mamada a Murphy. No están haciendo el amor. Le está chupando la polla. A él no se le ve la cara en ningún momento de toda esta escena. La imagen es negra y naranja atardecer en París. Una vez intenté pintar una casa de este color. No lo hagan, el color rosa prostíbulo en Bangkok que conseguí, atormentó mis noches durante un invierno que nunca se ha terminado. Murphy se empalma pero sabemos que el placer de ambos está mermado. Se da la vuelta. Follan por detrás. Suena Murderers de John Frusciante, de su disco Only water for 10 days. El riff funciona como un buen lubricante. Enciendan los bafles, escuchen pulsando aquí, recuéstense y sigan leyendo. 
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La canción no es aleatoria y el año de su nacimiento tampoco. 2001. Génova, contra cumbre del G8. Muere Carlo Giuliani a manos de la policía. Sólo nos queda agua para 10 días. Veinte litros para comenzar los 2000 y todo indica que vamos a deshidratarnos. El Grunge agoniza, los pantalones reducen su cintura y el magma de la globalización extiende sus tentáculos por el doquier de nuestras conciencias. La película es del 2015, no nos confundamos. Pero la canción no ha cambiado. El riff triste y enérgico de Frusciante es un grito que no se apaga por mucho que los bomberos de la moral intenten sofocarlo. Los Red Hot Chili Peppers llenaban estadios y yo, adolescente de mí, viajaba a verlos Madrid con mi amiga Isabel. Cogimos el autobús. En otro autobús despedí a Isabel unos años más tarde. Tomaba demasiada cocaína. Le daban ataques violentos y yo sólo tolero la violencia estipulada ante notario. El amor en Love se desvanece. Elektra y Murphy caen en un bucle conocido por todos los que sentimos predilección por enamorarnos mil veces. De la fascinación a la agonía. El estado del bienestar está embalado con cartones en el garaje. No nos pueden quitar la rabia. Barcelona ya se ha vendido a las olimpiadas y el Medio Oriente hace tiempo que dejó de ser el lugar de los cuentos infantiles. Aladino vuela en una alfombra manchada con sangre. Drogas y depresión. El precio de la creación. De poco sirve la cordura. Frusciante con muy pocos acordes quemó nuestro conformismo, y casi se quema a sí mismo. Perdió toda esperanza, los dientes y el 80% de la sangre de su cuerpo mientras tocaba maravillas en los 90. Pero se recuperó.
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Sólo Francia podría escenificar el sexo como en esta película. Con significado. Es sexo joder. No es el videoclip pop con el que Michael Winterbottom pretendía engatusarnos en Nine Songs. Tampoco es la artificiosidad aséptica del porno. De qué sirve una orgía si aquello parece una coreografía de acróbatas sobreactuados. ¿Quién quiere follar así? Sexo de hospital. Sexo para almas muertas. Acabo de encontrarme una tirita pegada en la planta del pie y me he vuelto a distraer. ¿Cómo ha llegado esa tirita a mi habitación? Ayer encontré un pedazo del envoltorio de un condón en mi almohada. ¿Os habéis fijado en lo difícil que es deshacerse de ellos? Se quedan pegados en el lugar más insospechado y aparecen siempre en el momento inoportuno, cuando estás enseñando tu habitación a un familiar o cuando viene el casero a cobrar el alquiler. Gaspar Noé nació en Argentina, pero todo su cine lo ha hecho en Francia. Y es normal. Si lo hubiera hecho en Argentina o en España, todas las escenas sexuales de Love se verían relegadas a un mero baile de cuerpos desmembrados. Recrear el sexo sin mostrar el cuerpo es como grabar a alguien cocinando y no enseñar la comida. Un asco. Las tapas y el sol están bien, pero la moral cristiana nos dejó sin mantequilla. El último tango en Madrid con aceite de girasol, imagínense qué obsceno. Vive la France. Qué frusciante…
Epílogo: En realidad sólo quería usar ese pequeño juego de palabras. Qué quieren. Una aún tiene corazoncito.





Carlitos el niño árbol


Carlitos es un niño de 6 años tímido y regordete. Su tez es pálida y sus mejillas sonrosadas. Tiene unos rasgos dulces y tranquilos. De su cabeza, en un lugar de pelos, brotan las ramas de un árbol, un auténtico cedro del líbano. Su madera fuerte, de grandiosa estirpe y bello aroma, es la envidia de la familia. Su mama Mercedes no puede estar más orgullosa.

Madre: He parido al pináceo más maravilloso del mundo.

Sus hojas son de un intenso verde oscuro, y su corteza rugosa traza los surcos más bellos de la historia. Nadie se explica este fenómeno tan curioso pero todos lo viven con naturalidad.
Tanto Mercedes como su marido Manolo, tienen el pelo castaño, lacio y apagado de todos los Martinez Sanchez.

Padre: No sabemos cómo ha podido suceder.
Madre: No somos nada extravagantes. Somos una familia de lo más normal, en serio.

Carlitos tiene un problema. No tiene amigos. Pasa sus días en la soledad de su pisito de Cangas de Onís, esperando el día en que, por fin, pueda ir a la escuela.

Carlitos: ¡Los otros niños harán casitas entre mis ramas!

Hoy ese día ha llegado. Es su primer día del colegio. Carlitos está muy emocionado.

Carlitos: Por fin voy a conocer a otros niños.

Se le saltan algunas lágrimas de alegría. Pliega cuidadosamente los dibujos que ha hecho para regalarles a sus nuevos amigos y agarra su mochila con gran alborozo. Su madre le colma de besos y le deposita en la puerta de la escuela.

Madre: Mucha suerte Carlitos, espero que no te olvides de nosotros ahora que vas a estar rodeado de otros niños.
Padre: Recuerda que nadie te querrá nunca como tus padres. Dice Manolo intentando parecer fuerte.

Carlitos corre tan deprisa a abrir la puerta de la clase que nada más entrar tropieza y cae al suelo. Siente en su frente el dolor de haberse estrellado contra las frías baldosas. Una de sus ramas se astilla y le hace una herida en el pie. Aun así, preso por la emoción de esa nueva vida que comienza, se levanta rápidamente y mira ilusionado a sus compañeros, todos ya sentados cada uno en su pupitre. 15 niños con el pelo corto y la ralla al medio le contemplan en silencio.

Carlitos: ¡Hola amiguitos! - exclama todavía un poco mareado.

Uno de los niños se levanta y le señala con el dedo.

Niño: ¡Qué raro! ¡Le salen ramas de la cabeza! ¡Es un monstruo! -mientras se ríe sin parar.

Un coro de risas le sigue inmediatamente.

Niños: ¡Monstruo! ¡Pino de mierda!

Carlitos, confundido, busca algún rostro de consuelo, pero no lo encuentra y, en su desesperación, termina por tropezar de nuevo.

Carlitos: No soy un Pino, soy un Cedro del Líbano.

Niños: ¡Es un monstruo torpe!
Ríen y ríen sin parar soltando toda clase de barbaridades e improperios no aptos para público infantil.

Carlitos apoya sus manos en el suelo de mármol. Levanta la cabeza. Se coloca un zapato que se le había caído y se levanta. Contempla a sus compañeros. Avanza unos pasos hasta situarse en medio de ellos. Comienza a girar sobre sí mismo. Poco a poco va aumentando el ritmo. Gira y gira hasta alcanzar los 60 kilómetros por hora. Las ramas de su cabeza giran con él y arrastran y golpean a los niños. Algunos son lanzados fuera del aula, rompiendo los cristales a su paso. Otros atraviesan la puerta y acaban en alguna esquina del pasillo. Pasados 3 minutos, el único niño que queda de pie es Carlitos. Se detiene. Echa un vistazo a su alrededor y se va.

La desilusión cubre su rostro. Las ramas se curvan hacia la tierra. Sus hojas se desmoronan. La madera empieza a resquebrajarse. Llueven astillas. Se funden en el barro. Carlitos se queda calvo y llora desconsoladamente hasta las 5 de la tarde. Mercedes abre la puerta del coche.

Mama: ¡Hijo mio! ¿Qué les ha pasado a tus ramas?
Carlitos: Nada mama, que me hice grande.

FIN

Porqué siempre llego tarde




Hoy, a las 14:50, transitando por otro desierto, final de Agosto, mientras me retorcía de soliloquio entre las sábanas, ardiendo, por dentro y por fuera, con frío y calor al mismo tiempo, rascando hambre y sorbiendo la desazón de no saber cuándo podría saciarla...
Me desbordé. Me hice gigante. Me convertí en una sonrisa enorme ocupando toda la habitación. Me hinché cual globo y estiré de cada uno de los ángulos del antifaz que cubre mi boca. Tiré y tiré. Cada uno de los lados de mi sonrisa se expandió hacia un extremo, rompiendo las paredes. Las comisuras de mis labios aterrizaron en la mesa del comedor de los vecinos. Sus hijos saltaron abruptamente por los aires y se posaron como plumas en mi nuca. Mis órbitas, a punto de reventar, relampaguearon, cegando a los curiosos que se agolpaban entre mis hombros. No necesitamos verte para creer en ti. Una lágrima surcó mis mejillas y se estrelló contra el asfalto. Pronto se montaron cofradías de piragüismo, salto de cascadas e incluso un pequeño coro marítimo. Cuando creo que no puedo más, que me voy a estampar contra el cielo. Vienes tú. Cling. Un toque agudo, ácido y delicioso. Elegante y de aluminio. No has cambiado. Y me desinflo. Me descompongo en pedazos, caigo por todas partes. Miro el suelo a la cara. No hay ruido. No me estrello. Me fundo, me derrito. El pantano de mi soledad lleva tu nombre. Contemplo el firmamento desde el surco de tu pierna. Me ahogo pequeñita. Tan miniatura que me vuelvo el último rincón con brillo en tus zapatos. El lunar treinta y siente de tu espalda. El mechón de pelo que se te mete por los ojos. La gota de saliva en la primera arruga de tu mentón. Quepo dentro de mi ángulo favorito de tu mirada. Me escondo en el grado sesenta y dos de la curvatura de tu hombro derecho. Respiro en la primera montañita de tu oreja. Acaricio tus pestañas. Me peino en el huequito de tu nariz. Me oirás roncar en la raíz de tu último diente de leche. Vuelo. Desaparezco. Me disperso en el viento. Soy el susurro que cierra tus ojos. Enciende tu rostro. Y llena tu pecho. Niegas con la cabeza la afirmación que ya sabías. La balanceas. Salgo por tu nariz. Te ríes. Y sigues caminando.

Epílogo: Así, diminuta y enorme a la vez, fue como llegué tarde a tu encuentro. 03:30 de la madrugada del 28 más angosto. Me pregunto, si no tenía ya suficientes problemas con el tiempo, para empezar a tenerlos ahora también con el espacio. La próxima vez, me invento una excusa.



Emotion's take away

- Give me emotion on a can and a small package of love with a light-feeling flavor please.
- Supersize it?
- No, I'm on an intensity diet.
- Would you like kids with that?
- Hmmm... I'm not sure, I shouldn't.
- It's only 18cents more and they are compromise free.
- How did you know I can't commit?
- It's just very common these days. They don't want us to panic, but it is spreading like wildfire.
- Who's they?
- Oh, you know. Them.

- No, I don't.
- You don't what? You don't like kids?

- I don't know who they are!
- Just tinny beings, tender and crispy.
- No!
- What do you mean no?

- Nothing related to kids! I just don't know who "they" are!
- Who's they?

- I don't know! You tell me!
- You asked about them!
- They whom you were talking about!

- Oh, them!
- Yes!
- They're just the people who say things. "They say that..." It's just them.
- I see...
- Are you dissapointed?
- I don't know how I am anymore.

- Some children to cheer you up sir?
- Yes, please, I beg you. I'll have the kids too.
- Would that be all for you sir?
- What the hell, I'll also try some of those harmless excitement cupcakes.
- To go?
- Yes, I'm hoping on dying soon. You don't want deatch to catch you on the street, do ya? Better to be safe at home!
- Thank you for eating with us. Come back in your next life!
- Sure!